Había una vez un lobo, que vivía muy
feliz en un bosque. Amaba y cuidaba a todos sus animales como a sus plantas,
porque eran parte de su casa y de su familia. Muchas veces, se lo veía juntando
la basura que las personas tiraban a su
paso sin ningún cuidado, cuando iban de paseo por el bosque.
Un día ve pasar a una niña muy coqueta
por el camino principal, cantando y silbando. A su paso iba arrancando todas
las flores que encontraba y las juntaba en una canasta.
El lobo tan cuidadoso de las plantas se
sintió indignado y se preguntó ¿quién es ésta para creerse dueña de todas las
flores y hacer este daño? E inmediatamente pensó cómo darle un escarmiento para
hacerle notar su disgusto.
Al verla alejarse por el camino, supo a
dónde se dirigía, y corrió por otro camino más corto para adelantarse a la casa
de Doña Gertrudis. Cuando llegó, le contó lo que había visto y ella accedió a
darle a su nieta el escarmiento merecido. Entonces, poniéndose la ropa de la
abuela, se acostó en su cama para recibirla.
Cuando la niña llegó le dijo: “Pero abuela, que ojos tan grande tienes.”
El lobo se sintió agredido nuevamente,
porque nunca se había visto de esa manera, pero para salir del paso y hasta con
cierta ternura le contestó: “Son para
verte mejor.”
Ella sigue insistiendo: “Pero abuela, qué orejas tan grande tienes.”
Ella sigue insistiendo: “Pero abuela, qué orejas tan grande tienes.”
El lobo pensó que su escarmiento no
estaba dando resultado porque la niña se estaba riendo de él, pero decidió
continuar con la farsa y le contestó: “Son
para oírte mejor.”
Ella siguió observándolo y le dijo: “Pero qué dientes tan grande tienes”
Ella siguió observándolo y le dijo: “Pero qué dientes tan grande tienes”
El lobo, cansado de tanta agresión y sin
pensarlo mucho le contestó, esta vez: “Son para comerte mejor.”
La niña se asustó, entonces pegó un
grito muy fuerte, él también se asustó pero de su grito, y pegando un salto de
la cama, comenzó a desvestirse para mostrarle que no era su abuela, sino que se
trataba de un disfraz que se había puesto.
Pero ella se asustó aún más y comenzó a
correr a los gritos y el lobo por detrás quería alcanzarla para explicarle cuál
había sido el mal entendido y para decirle que los lobos no comen a los niños.
De pronto un cazador que pasaba por allí
y vio aquella escena, se imaginó lo peor, entonces tomó su escopeta y comenzó a
disparar contra el lobo.
Al día siguiente, todo el pueblo se
había enterado de aquel acontecimiento. La gente comenzó a hacer los peores
comentarios acerca del lobo, a imaginarse cosas, a inventar otras, en
definitiva, a odiar al lobo.
Y desde aquel día, el lobo, nunca más
tuvo paz en el bosque, nunca más pudo acercarse siquiera a los niños que por
allí siguen jugando y nunca más pudo ser feliz.
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